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domingo, 16 de diciembre de 2012

CONFLICTOS DE INTERES


Por múltiples motivos, en las últimas dos décadas la neurociencia, es decir el estudio del sistema nervioso y en especial del cerebro desde diversas disciplinas científicas como la neuroanatomía, la biología molecular o la neuropsicología, ha pasado a ser uno de los principales centros de interés de la investigación científica y casi no hay campo de la actividad humana que no sea mirado a través de este nuevo paradigma.

Eduardo Punset, el más mediático de los divulgadores del pensamiento científico en España, publicó en 2006 un libro titulado "El alma está en el cerebro" en el que aborda diversas cuestiones sobre la mente humana, cuestiones habitualmente situadas en el terreno de la filosofía y/o la religión, tales como las emociones o la consciencia, pero esta vez desde el punto de vista de los últimos avances neurocientíficos.

Sin duda Punset eligió el título de su libro para oponerse a la Iglesia Católica contra la cual se han enfrentado históricamente los científicos cada vez que un descubrimiento atacó su posición de poder, poder éste en otros tiempos absoluto pero que la Iglesia aún conserva en grandes cuotas y que todo hace pensar seguirá conservando por largo tiempo, ya que los medios masivos de comunicación entienden que el pensamiento crítico consiste únicamente en hablar mal del fanatismo religioso musulmán, los derechos humanos en China o las democracias latinoamericanas, pero nunca en poner contra las cuerdas al Estado Vaticano, una teocracia oscurantista en pleno corazón de Europa que se rige por principios homófobos y sexistas.

Las reacciones y castigos que la Iglesia dirigió desde antaño contra los científicos, pensemos en los casos ejemplarizantes de Galileo Galilei y Miguel Servet, uno condenado a cadena perpetua y el otro a la hoguera, hay que enmarcarlos como efectos del choque permanente entre las esferas del poder y del conocer: aunque estas esferas giren sobre la misma órbita lo harán siempre en direcciones opuestas, pues el poder se dedica a fijar y mantener el estado de las cosas para que su situación jamás cambie, mientras que el conocimiento, al proponer nuevos modos de ver y relacionarnos con las cosas, cambia continuamente el mundo según lo habíamos conocido. Entre el poder y el conocer siempre habrá un conflicto de intereses, si uno pretende estabilizar la realidad para siempre el otro inevitablemente la desestabiliza.


Izquierda: "Splitting", Gordon Matta Clark, 1973 - Derecha: "La lección de anatomía del Dr. Deijman", Rembrandt, 1656

Para Gordon Matta Clark entender la arquitectura suponía diseccionarla. Durante los primeros seis siglos de la Edad Media la Iglesia no fue proclive a las disecciones de cuerpos humanos por considerarlas profanaciones y como Aristóteles y Galeno habían escrito todo lo que había que saber sobre las disecciones basándose en las de algunos animales, aquél que quisiera conocer cómo eran los órganos internos de un humano no debía hacer otra cosa más que consultar los escritos de estas dos autoridades griegas. Las disecciones como forma de estudio no serán retomada en Europa hasta que en el siglo XII comiencen a formarse las primeras universidades, donde se practican en cerdos y convictos para impartir nociones de medicina.

Si bien hoy la Iglesia repite que jamás dictó prohibición alguna sobre las disecciones humanas para intentar lavar su papel de censora del conocimiento pre y post universitario, éstas sí debían contar con su autorización expresa para que la Inquisición no llegara luego blandiendo entre antorchas la acusación de herejía. Para el poder la producción de conocimiento debe estar siempre bajo su total control. Aún así, el siglo XV vio nacer entre estudiosos de todo tipo una verdadera pasión por las disecciones humanas que comenzaron a practicarse con y sin permiso, a plena luz del día o bajo velas clandestinas para desentrañar "la máquina humana", tal la expresión de Da Vinci.

Para cualquier pintor del Renacimiento la anatomía humana era una materia obligatoria que comenzaba a estudiarse consultando libros, yesos y dibujos de los maestros en la bottega, como hizo el joven Leonardo cuando era aprendiz en el taller del Verrocchio, el cual estaba al servicio de Lorenzo de Medici. Pese a este interés juvenil por la anatomía, no descubriría Da Vinci su pasión por la disección humana hasta los 55 años con el cadáver de un anciano en un hospital de Florencia. Poco más tarde entraría en contacto con Marcantonio della Torre, un experto médico anatomista de la Universidad de Pavía, con quien proyectó en conjunto el más completo tratado de anatomía realizado hasta el momento, para el que realizó más de 200 planchas listas para imprimir con detallados dibujos y anotaciones a partir de las disecciones que él mismo practicó a una treintena de cadáveres, entre ellos algunos de mujeres embarazadas.

Notas tomadas por Leonardo Da Vinci durante las disecciones de cadáveres humanos que él mismo realizaba

Este ambicioso proyecto de Leonardo jamás llegaría a la imprenta, sería repentinamente interrumpido la noche en que el Papa León X entró sin anunciarse en los aposentos de Leonardo, que estaba alojado en la mismísima casa del Papa, se cuenta que para recriminarle la tardanza en la ejecución de un encargo que el florentino nunca terminaba, y se encontró al viejo Da Vinci escalpelo en mano junto a un cadáver desollado y desmembrado a la luz de las velas, aprovechando el frescor nocturno para que la carne muerta tardara un poco más en oler demasiado. León X, que era hijo de Lorenzo de Medici, acusó a Leonardo de prácticas sacrílegas y prohibió su entrada en el Hospital del Espíritu Santo. Después de esto Da Vinci abandonó Roma y dijo eso de "los Medici me han creado y los Medici me han destruido".

También Miguel Ángel, pero este desde muy joven, se dice que desde los 17, se apasionó por la disección de cadáveres humanos. Se sabe que el año que pasó en Florencia tras su regreso de Bolonia, donde había huido por cuestiones políticas, y antes de irse a Roma a esculpir la "Pietá del Vaticano", es decir a los 21, Buonarroti pasó casi todas sus noches en la morgue florentina diseccionando cadáveres.

El interés de Miguel Ángel por el estudio de la anatomía humana no hay que centrarlo únicamente en su obsesión por superar en formalización a la estatuaria griega que tanto admiraba. En 1990 Frank Meshberger, doctor en medicina, publicó en una revista científica norteamericana un artículo cuyo título traducido es "Una interpretación de la Creación de Adán de Miguelangel basada en la neuroanatomía" . En dicho artículo Mashberg propone que en esta imagen que pintó Miguel Ángel en el techo de la capilla Sixtina, terminada ahora hace exactamente 500 años, Dios y el resto de personificaciones que lo acompañan, envueltos todos dentro de un manto púrpura, no son otra cosa que la figuración de un corte sagital del cerebro humano.

Izquierda: detalle de "La Creación de Adán", Miguel Ángel, 1508/15012 - Derecha: Corte sagital de un cerebro humano

De ser esto así, y es altamente probable que así sea, Miguel Ángel se habría tomado al pie de la letra la concesión hecha por el Papa con tal de que aceptara el encargo, de pintar la Sixtina como él quisiera y no sólo con los doce apóstoles como quería el Papa, pues Miguel Ángel se negaba a pintar capilla alguna ya que se consideraba escultor y no quería fracasar realizando un trabajo mediocre en un ambiente artístico tan competitivo como la Roma del Renacimiento. Y con este cerebro abierto al medio estampado para siempre en el techo más memorable de entre todos los pintados, Miguel Ángel hacía ver que Dios era una concepción interior del hombre, un estado mental que le permitía al hombre verse a sí mismo en todo su esplendor y para eso no se necesitaba ningún intermediario como la Iglesia, algo con lo que sin duda no iba a estar jamás de acuerdo el Papa, que como jefe de una organización instalada en el poder hubiera preferido colocar ahí un gran cartelón publicitario con un Pantocrator (El Todopoderoso) y no una idea peculiar de un artista que por más que su apodo fuera "El Divino" no se le había contratado para abrir ningún debate, sino para cumplir con su trabajo de embellecer con pinturas la bóveda de una capilla, y por eso tuvo el artista que velar lo que su imagen declaraba con un manto púrpura y unas cuantas personificaciones.

La tesis de Meshberger fue de alguna manera apuntalada por otro artículo publicado en 2010 en la revista Neurosurgery por Ian Suk y Rafael Tamargo, dos neuroanatomistas de la Johns Hopkins University School of Medicine de Baltimore, donde manifiestan que la supuesta incorrección anatómica del cuello de Dios separando la luz de las tinieblas pintado por Miguel Ángel en la Sixtina que tanto ha intrigado a los críticos por su angulación y formas singulares, no se debe, como todos podemos suponer, a ninguna impericia de Buonarroti sino a que se trataría de una representación algo camuflada de un cerebro humano visto desde abajo.

Ilustración creada para explicar la teoría de Suk y Tamargo

La mayor parte de lo que conocemos hoy sobre la pintura griega antigua no lo sabemos a partir de sus ejemplos, casi no nos ha llegado ninguno, sino de los escritos que la comentan. Cuenta Plinio el Viejo que Apeles, el más afamado pintor de la Edad Antigua, fue un día a Rodas a visitar a Protógenes, otro gran pintor del momento. Al llegar a la casa de Protógenes éste no se hallaba presente, pero había dejado una tabla sobre un caballete lista para ser pintada. Apeles tomó un pincel, lo mojó en un color, trazó una finísima línea sobre la tabla y le dijo a la anciana que cuidaba la casa que le transmitiera a Protógenes que había venido a visitarlo el que había trazado esa línea, tras lo cual se marchó. Al volver Protógenes y ver la línea supo que se trataba de Apeles, entonces trazó con otro color una línea aún más fina sobre la que ya había pintado Apeles y le dijo a la anciana que si volvía le dijera que el que trazó la segunda línea era ese a quien Apeles buscaba, tras lo cual se marchó. Volvió Apeles por la casa de Protógenes y con un tercer color recorrió la línea y el resto de la tabla con pinceladas tan finas que ya no hubo oportunidad de agregar nada más y volvió a marcharse. Al volver y ver esto último, Protógenes reconoció que Apeles era el más grande de los pintores y fue corriendo al puerto de Rodas a buscar a su huésped. Plinio agrega que él mismo pudo contemplar esta pintura hecha de "líneas que escapaban a la vista" antes de que un fuego la consumiera.

Las interpretaciones sobre qué fue lo que Protógenes y Apeles pintaron sobre esa tabla son incontables. La más interesante, dadas sus implicaciones, es la que dice que Apeles con su primera línea dibujó un elemento, Protógenes con la segunda le agregó la sombra y Apeles con la tercera le pintó los brillos, con lo cual ya no había nada más que agregar. Es decir, con el primer color Apeles describió un objeto, con el segundo Protógenes le dio relieve y con el tercero Apeles lo puso en relación con su contexto, convirtiéndose así en el más grande de todos los pintores.

En este texto intenté seguir las enseñanzas de Protógenes y Apeles. Primero presenté un objeto (la oposición entre el poder y el conocer), después le di relieve (la Iglesia frente a las disecciones de cadáveres humanos) y a continuación lo pondré en relación con el contexto actual.

En otra entrada de este blog titulada LA VIRGEN DEL MERCADO escribí sobre la interesante idea de Walter Benjamin de ver el Capitalismo como un fenómeno religioso desarrollado a partir del cristianismo, fenómeno basado en el culto al consumo permanente de productos innecesarios sin fiesta ni descanso. Tal fenómeno religioso actual es sostenido por una casta sacerdotal privilegiada y todopoderosa, como lo era en su momento la curia cristiana cuando detentaba el poder. Dicha casta sacerdotal posee sus templos (las Bolsas de "valores") sus aparatos de propaganda (los medios masivos de "información") y sus lugares santos (los "paraísos" fiscales).

El control que ejerce esta casta sobre el conocimiento (como todo grupo hegemónico jugará siempre en contra del conocer porque lo desestabiliza) no difiere en nada del que la Iglesia Católica ejercía en tiempos de Leonardo, Servet o Galileo.

Y tambien hoy como entonces, pensadores como Charles Ferguson, director del documental "Inside Job", ponen en circulación conocimientos que cuestionan la autoridad de la casta sacerdotal:

viernes, 11 de mayo de 2012

LA VIRGEN DEL MERCADO


When I find myself in times of trouble
Mother Mary comes to me
speaking words of wisdom, let it be.
And in my hour of darkness
she is standing right in front of me
speaking words of wisdom, let it be.

Paul McCartney


A las imágenes les podemos atribuir dos funciones principales y antagónicas, una al servicio del conocimiento, ésta es la única que interesa al arte, y otra al servicio del poder, para instalar y mantener su posición de dominio mediante la propaganda.

Aunque de etimología más antigua, el término propaganda toma su sentido actual del uso que le daba en su origen la curia romana en la difusión de su mensaje.

Tras la escisión de los protestantes, la Iglesia de Roma se vio obligada a dar un nuevo impulso a la propagación de su visión del mundo creando en 1622 un cuerpo específico denominado Sacra Congregatio de Propaganda Fide (Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe), encargada de la difusión de la fe católica, la fe universal (tal la acepción de católico) y el control de los asuntos eclesiásticos en países no católicos, es decir aún por convencer.

Con los regímenes totalitarios de principios del siglo XX la propaganda adquiere un nuevo impulso con el fin de dirigir la opinión pública a través de los medios masivos de convencimiento. Tras su asalto democrático al poder en 1933, Adolf Hitler creó un Ministerio de Propaganda dirigido por Joseph Goebbels que controló a punta de pistola tanto el cine, el teatro y la radio como la prensa y la literatura. A este ministro y amigo íntimo del Führer se le atribuye la codificación de los grandes principios que rigen toda propaganda: centrarse en una sola idea para que el impacto sea mayor, rebajar el nivel del lenguaje para llegar a la mayor cantidad de público, presentar mensajes emocionales para que la respuesta no sea racional, utilizar diversos medios para crear sensación de verosimilitud, repetir incansablemente siempre el mismo concepto para que se grabe en la memoria, etc.

El último y gran impulso de la propaganda llega con el triunfo momentáneamente definitivo del sistema capitalista hacia finales del siglo XX, a través de todas las investigaciones y prácticas de la publicidad mediática tendiente a convencer a los consumidores de mercancías para que las compren compulsivamente aunque no las necesiten.


Izquierda: "La Virgen" según Fouquet - Derecha: "La Jovencita" según Yves Saint Laurent


Ya en 1921 Walter Benjamin veía el capitalismo como un fenómeno religioso desarrollado a partir del cristianismo, fenómeno basado en el culto al consumo permanente, sin fiesta ni descanso, cuyo fin no era la expiación de una culpa sino la culpa misma, es decir la desesperación, ya que este culto sin dogma no tiende a la transformación del mundo sino a su destrucción.


En consonancia con esta idea, Suelly Rolnik nos dice que los mundos que presenta la propaganda consumista a través de los medios masivos de convencimiento, mundos felices donde la gente es siempre joven, bella y feliz, son imágenes del paraíso capitalista. Para Rolnik la economía terrenal mercantil, calcando la economía celeste del cristianismo, ha reemplazado a Dios por el Capital, en su función de garante de la promesa de acceso al Cielo, y la virtud que nos abre la puerta a esta forma renovada del paraíso no es otra que el consumo.


Izquierda: "La Virgen" según Velázquez - Derecha: "La Jovencita" según Versace


La analogía entre el actual sistema económico y la vieja religión lleva a Benjamin a sugerir que podría compararse los billetes del dinero circulante con las imágenes de los santos, ambos ricamente ornados. Pero hay más. En esta última religión, la primera realmente global, la figura central del paraíso, la imagen que usa el poder para instalar y mantener su posición de dominio, es una nueva y sofisticada versión de la Virgen María, denominada por Tiqqun como la Jovencita.


Nadie ha rastreado mejor que Tiqqun a la actual Reina del Cielo, la que debe estar a toda hora presente en el corazón de cada consumidor. A partir de la reelaboración de conceptos de Debord (Espectáculo), Negri (Imperio) o Agamben (nuda vida), Tiqqun piensa que el control de los individuos ya no se realiza como antaño mediante fuerzas de tipo policial sino a través del autocontrol de cada uno, control inculcado desde todas las instancias de la sociedad, aunque especialmente y de un modo muy evidente por la propaganda mediática.



El mensaje que repite incansablemente esta última y ubicua propaganda consiste en la reducción de la vida humana a una simple biología a la cual cada uno debe gestionar según parámetros estandarizados de educación, sanidad, trabajo, ocio, identidad y relaciones personales. Aquí es donde la Jovencita juega su papel principal de seducción, formateando la mentalidad del consumidor para orientar sus acciones.

En Primeros materiales para una teoría de la Jovencita Tiqqun reúne una larga colección de apuntes de ideas, citas de filósofos y literatos y titulares de revistas de moda, casi sin más elaboración, que nos dan la posibilidad de comprender las causas y los efectos de este poder de fascinación:

-La Jovencita no se ama a sí misma, lo que “ama” es su imagen.

-La apariencia de la Jovencita es la Jovencita misma, entre ambas no hay nada.

-Ante cualquiera que pretenda hacerla pensar, la Jovencita no tardará en presumir de realismo.

-La ignorancia en la que se mantiene la Jovencita con respecto a su papel de piedra angular en el actual sistema de dominación también forma parte de dicho papel.

-Incluso en el amor, la Jovencita habla el lenguaje de la economía política y de la gestión.

-Los amores de la Jovencita son un trabajo y, como todo trabajo, se han vuelto precarios.

-La Jovencita es el más lujoso de los bienes que circulan por el mercado, la mercancía-faro que sirve para vender las demás, el sueño monstruoso del más lunático de los comerciantes: la mercancía autónoma que camina.

-La Jovencita quisiera que la simple palabra "amor" no implicase el proyecto de destruir esta sociedad.


Izquierda: "La Virgen" según Van Eyck - Derecha: "La Jovencita" según Guess


En una introducción no firmada que se hace de este texto aparece una síntesis muy precisa de la figura de la Jovencita, se trata de una imagen, un modelo, un ideal. Eterna juventud, seducción ilimitada, placer indiferente, amor asegurado contra todo riesgo, control de las apariencias, cero defectos. Impersonal, implacable, impecable, impermeable e imposible, la Jovencita se apodera de nuestra mirada, de nuestro deseo y de nuestro imaginario.

Tiqqun nos aclara que el concepto de Jovencita no hace distinción de clases ni de género, le cabe tanto a la burguesa de extrarradio como al hormonado de discoteca, al marido de sofá como a la soltera ejecutiva (después de todo la maternidad de María no impedía su virginidad), porque la Jovencita no es más que el ciudadano modelo de la sociedad de consumo.

Y nos dice también, no sin espanto, que hay algo para lo cual la Jovencita es del todo incapaz: el amor.

P.S:


Viñeta de El Roto en "El País" del 27/10/12






jueves, 12 de abril de 2012

LA DISTANCIA ANULADA


Si desde lejos, aunque estemos separados,
me reconoces todavía y el pasado,
oh tú, compañero de mis penas,
significa algo hermoso para ti
entonces dime ¿dónde espera hoy tu amada?
¿En aquel jardín donde nos encontramos
después de un tiempo terrible y oscuro?
¿O aquí junto a los ríos del mundo sagrado?




La aparición y desaparición del pensador Walter Benjamin se produjo entre dos largas tradiciones germanas: por un extremo la del pensamiento crítico, cuyo hito ineludible es la Escuela de la Sospecha, y por el otro la del reaccionario, que alcanzó hasta el momento su máximo con el nazismo.

Entre las innumerables puertas de acceso a las imágenes que Benjamin nos abrió, está aquella tras la cual se las mira en relación con su aura.

Con un estilo más próximo a la pincelada rápida y rabiosa que a los fundidos delicados, dejó escritas sobre el aura frases que parecen apuntes para una consideración posterior más extensa:

"La alegoría conoce abundantes enigmas, pero ningún misterio. El enigma en efecto es un fragmento que conforma un todo con otro fragmento, con el cual encaja. El misterio en cambio se ha ido mostrando, desde siempre, con la imagen del velo, un viejo cómplice de la lejanía. [...] Las épocas que tienden a la expresión alegórica siempre experimentan una crisis del aura."

"El mirado, o el que se cree mirado, alza de inmediato la mirada. Experimentar el aura de una aparición significa investirla con la capacidad de ese alzar la mirada."

"La producción en masa es la principal causa económica de la decadencia del aura, y la lucha de clases es su principal causa social."

"¿Qués es el aura propiamente hablando? Una trama singular de espacio y tiempo."

Incluso a amigos íntimos como Brecht les resultó difícil comprender el significado de aura sobre el que Benjamin teorizaba. Aún así podríamos esbozar una aproximación si la definimos como la sensación que nos produce el conjunto de imágenes que la memoria involuntaria hace surgir en torno a un objeto artístico, condensadas como una irradiación que lo envuelve, algo así como un poder de fascinación que el objeto ejerce hacia el que lo mira. Alguien apuntó también que el dorado de las molduras que enmarcan las pinturas de antaño podría hacer referencia a tal irradiación.

En una de sus tantas formulaciones  Benjamin concreta que "la huella es la aparición de una cercanía, por más lejos que ahora pueda estar eso que la ha dejado atrás. El aura es aparición de una lejanía, por más cerca que ahora pueda estar lo que la convoca nuevamente. En la huella nos apoderamos de la cosa, el aura se apodera de nosotros."

En esta frase, como en tantas otras referidas al aura, el poder de despertar y atraer todas esas imágenes de la memoria se lo atribuye Benjamin a la "distancia", concepto que une, como una barra a sus puntas, lo lejano con lo cercano. No se trata de la distancia que el mundo estable del racionalismo propone como una cuestión métrica, sino de la distancia del sentir, propia de la estética, variable según cada uno, tal como la entiende la fenomenología, e indispensable para entender las imágenes de culto que se revelan siempre como inalcanzables y de las cuales las artísticas conservarían ese distanciamiento como un vestigio.

Al respecto Didi Huberman en un capítulo de "Lo que vemos, lo que nos mira" donde se demora sobre el aura benjaminiana dice: "¿Cómo no pensar aquí en el paradigma originario de la imagen cristiana que cristaliza en Occidente, la Verónica, la vera icona de San Pedro? Todo en ella parece responder a los caracteres reconocidos de la imagen aurática. Para el cristiano de Roma es sin duda esa trama singular de espacio y tiempo que se da a él en un espaciamiento obrado, en un poder de la distancia, pues habitualmente le resulta invisible, ya que, como es sabido, está guardada en uno de los cuatro pilares monumentales de la basílica. Y cuando se procede a una de sus raras ostensiones solemnes, la Verónica se sustrae una vez más a los ojos del creyente, presentada de lejos, casi invisible (y por lo tanto siempre en retirada, siempre más lejana) bajo el dispositivo resplandeciente, casi enceguecedor, de sus marcos preciosos."

Cuando en 1936 Benjamin introdujo este concepto tan polimorfo como escurridizo lo hizo porque entendía que la industrialización, con su fabricación masiva de objetos e imágenes destinadas a un público también masivo, había hecho desaparecer esa "distancia" y con ella el aura. Al desintegrar, por multiplicación, la distinción entre original y copia (como sucede en la fotografía y en el cine donde todos los originales son copias) la era de la reproductibilidad técnica desintegró igualmente la distancia entre el receptor y la otrora autoridad simbólica de la obra de arte única e irrepetible que irradiaba su fascinación. Desde entonces los artistas parecen haberse dedicado a certificar la ausencia de esa distancia produciendo obras que no intentan disimular la pérdida de su aura.

En 1965, un año después de comenzar la guerra de Vietnam que duraría hasta 1975, León Ferrari intentó exponer, en el Instituto Di Tella en Buenos Aires, una crucifixión de dos metros de altura y suspendida en el aire por un hilo, formada por una escultura estereotipada de Cristo unida a una maqueta de un FH107, un avión de combate estadounidense.


"La civilización occidental y cristiana", León Ferrari, 1965


Un día de primavera en el hemisferio norte de 1942, paseando por París Picasso encontró entre un montón de chatarra un manubrio y una silla de bicicleta que unió para hacer con ellos una cabeza de toro.


"Cabeza de toro", Picasso, 1942


En 1913 Marcel Duchamp unió una rueda de bicicleta a un banco de cocina,  realizando el primero de los que poco más tarde denominaría readymades.


"Rueda de bicicleta", Duchamp, 1913


Nada nos impide ver en la operación de unión del par de elementos fabricados en serie que dieron lugar a estas tres obras, y que hasta ese momento habían permanecido separados, la imitación de la anulación de la distancia que trajo la era de la reproductibilidad técnica y que se llevó con ella el aura.

Pero tal vez, la distancia anulada señalada en las obra de estos artistas no sea otra cosa que la expresión, por negación, de un deseo y así como Newton dijo que a toda acción le corresponde una reacción igual y contraria, Freud, mejorándolo, apuntó para siempre que cuando lo reprimido retorna lo hace con mayor fuerza.